La paciencia es una virtud valiosa que sólo tienen los sabios, porque son los que saben sufrir y tolerar las adversidades con fortaleza y sin lamentarse.
La persona paciente es capaz de esperar pacíficamente y con serenidad cualquier cosa o situación, aún aquella que desea con más fervor; y es la que puede ser tolerante frente a los cambios o circunstancias desfavorables sin permitir que su estado de ánimo se perturbe.
La persona paciente no tiene premura, aunque se trate de algo que requiera prontitud porque está acostumbrada a operar con lentitud y a tomarse todo el tiempo que necesita para hacer las cosas como le gustan, logrando con paciencia ser más eficaz y eficiente al dedicarle toda su atención a lo que está haciendo.
El término paciencia proviene de pacífico y de paz o sea la capacidad de permanecer tranquilo, sosegado y sin hacer movimiento alguno, manteniendo solamente una actitud expectante pero imperturbable.
El que tiene la virtud de la paciencia intuye que las cosas no dependen sólo de él, sino de otras circunstancias y de otras personas, acepta la realidad tal cual es y no se empeña en cambiar nada.
La paciencia es un don, porque requiere trascender a un nivel más alto de evaluación de cada situación, pero también es una actitud que se puede aprender, un modo de ver las cosas como son, sin necesidad de asociarla a ninguna emoción negativa.
El impaciente no puede renunciar a sus expectativas de inmediatez, condición que lo llena de ansiedad y lo obliga a realizar el movimiento que cree es necesario para ascelerar el proceso.

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